La estrategia nacional de vacunación para prevenir el mal de moda, está convertida en un verdadero desastre

Frente al terrible virus que puso de cabeza al mundo entero, la luz al final del túnel o como otros le conocen, el rayito de esperanza, revistió la forma de una vacuna. De pronto, todos soñamos con ese diminuto frasco y su correspondiente jeringa. A partir de la autorización para su uso masivo, la humanidad no tuvo ojos ni palabras para otra cosa que no fuera la posibilidad de ser vacunados. 

Los avances mostrados por algunos países respecto a su cobertura de vacunación dejó muy mal parados a otros en el escenario internacional. Luego, las naciones que presentan mayor retraso en las acciones para la protección de sus respectivas poblaciones (por no referirme específicamente a la tierra del nopal y el águila) han decidido poner el grito en el cielo y denunciar -ante la mismísima ONU- las desigualdades en el acceso a las mentadas vacunas; dicen los que saben que tan solo diez países –desarrollados todos ellos– acapararon el 75 por ciento de los fármacos disponibles.

Como era de esperarse, la primera reunión bilateral celebrada entre los presidentes de Estados Unidos y México tuvo como tema central el manejo de la pandemia; ahí fue donde el recién ungido mandamás en los feudos del Tío Sam, Joe Biden, le dijo a nuestro macuspano favorito que nomás no iba a “ponerse la del Puebla” con algunas de las dosis que adquirieron de aquel lado del Río Bravo; de una u otra forma el hoy inquilino de la Oficina Oval debía cobrarse la afrenta de que fue objeto durante la campaña y después de su triunfo electoral, pero esa es otra historia. 

Así las cosas, la estrategia nacional de vacunación para prevenir el mal de moda, está convertida en un verdadero desastre, con dosis que no llegan, una página de registro que no ha terminado de funcionar en forma adecuada, larguísimas filas de adultos mayores en espera de ser inoculados, desconocimiento sobre los responsables de las jornadas; en fin, una total desorganización. 
Pero no es la vacuna contra el COVID–19 la que de momento ocupa los pensamientos de este improvisado columnista, sino aquellas que combaten otra afecciones y que han venido escaseando en México de forma alarmante.

¿Y ahora porque debemos preocuparnos?; “al baile voy, me estoy vistiendo”, dijera mi tía Paula. 

Resulta que el esquema de vacunación infantil mexicano se integra por 14 vacunas que protegen de 20 distintas enfermedades a las niñas y los niños; sin embargo, la cobertura de estos antígenos ha sido deficiente en los últimos 24 meses, principalmente por lo que hace a la vacuna contra la tuberculosis (enfermedad controlada desde hace 70 años) y la pentavalente, misma que previene la difteria, tosferina, tétanos, poliomielitis e infecciones producidas por la influenza tipo B. Para acabarla, esta última requiere tres dosis antes de los seis meses contados desde el nacimiento (no hay siquiera para aplicar la primera). Y como si faltara un dato escabroso, las referidas vacunas tienen una temporalidad; es decir, de no aplicarse a la edad correspondiente, pierden su eficacia (el que alcanzó, alcanzó). 

Para muestra un botón: según la OMS la cobertura de vacunación contra la tuberculosis en México cayó de 96 a 76 por ciento en 2019; nivel muy por debajo de cualquier país de la OCDE. Lo anterior se explica con facilidad; mientras que en 2016 el gobierno federal obtuvo 14 millones de dosis del referido antígeno, en 2021 adquirió tan solo 83 mil (haga usted misma las cuentas, amable y única lectora). 

Si bien la escasez de medicamentos e insumos no es algo nuevo, la situación respecto a las vacunas para los niños y las niñas se ha agravado a partir del veto que impuso el régimen de la 4T a las empresas farmacéuticas por supuestos actos de corrupción, el cual hasta la fecha no ha producido resultado alguno. Descuido, desconocimiento, falta de recursos o la suma de las anteriores; lo cierto es que la autoridad no ha comprado las vacunas necesarias y el riesgo para la salud pública va en aumento. Así las cosas, en esta bendita tierra juarista y guadalupana, algunas enfermedades que se consideraban erradicadas podrían resurgir con renovado brío. 

Aquí en confianza, mientras que los padres de familia viven un auténtico viacrucis para vacunar a sus hijos y completar la cartilla, en Palacio Nacional el tema se evade para no tener que ofrecer una fecha –al menos aproximada- en la que pueda solucionarse la grave problemática, pues como sostenía el fundador e ideólogo del Partido Acción Nacional, Manuel Gómez Morín, frase que por cierto repite recurrentemente el buen Pepe Martínez Valero: “Que no haya ilusos para que no haya desilusionados”. Ahí se los dejo para la reflexión. 
 
@Ivo_Garza
Aquí en confianza

Iván Garza García