La victoria de Donald Trump acelerará una revisión de la relación bilateral. El gobierno mexicano ya no podrá seguir con sus negaciones y ocurrencias. Tenemos que adecuar la relación a una realidad construida durante los últimos 30 años.

En diciembre de 1993 fue ejecutado en Colombia, el narcotraficante Pablo Escobar y a partir de ahí se generaron las condiciones para el auge de los carteles mexicanos; en el primer minuto de 1994 entró en vigor el TLCAN y las relaciones iniciaron una acelerada metamorfosis. En el tiempo transcurrido desde entonces ha crecido el tránsito legal e ilegal de productos manufacturados y narcóticos y cambios que afectaron ambos países. Trump entendió lo que pasaba y elaboró una explicación falaz pero tan eficiente que lo ha llevado a la Casa Blanca. En su lectura la raíz de los problemas está en el libre comercio y en la llegada masiva de cualquier inmigrante. Prometió soluciones atractivas por facilonas: renegociar o derogar el TLCAN y construir un muro para protegerse de las hordas mexicanas.

Su mensaje impactó tanto porque ni Clinton ni Peña Nieto señalaron con energía sus errores. El poder del crimen organizado viene de las ganancias obtenidas en la venta de  drogas a los EU y de las armas suministradas por los mercaderes de la muerte estadounidenses.  El ejecutivo mexicano dejó pasar la oportunidad de meter en el debate electoral el tema de la corresponsabilidad.

Resultó insuficiente que Hillary y los demócratas recibieran un alto porcentaje del voto latino. Aun así, la diáspora mexicana sale mejor organizada y fortalecida. Lista para las batallas por venir entre dos visiones encontradas de sociedad y de sus relaciones con el exterior. A los mexicanos nos corresponde asimilar que no podemos subrogar en el Congreso o en la diáspora mexicana la defensa de nuestros intereses. Debemos establecer alianzas con los latinos y los demócratas para contener a Trump. Recordemos que José López Portillo y Miguel de la Madrid establecieron acuerdos con los demócratas para frenar la agresividad de Ronald Reagan.  Son actores que imponen límites pero también proporcionan las bases para un cambio que debe ser propuesto y encabezado por México. La tarea más urgente es confrontar el antimexicanismo que se enmarca en el rechazo a los diferentes; un fenómeno bien descrito en Hate Rising, un excelente documental de Catherine Tambini y Jorge Ramos. Sería contraproducente seguir con los silencios o las simplificaciones que ignoran la corresponsabilidad de los gobiernos y las sociedades de México y los EU en la creación y la resolución de problemas. Así como el TLCAN sí influyó en el desempleo en algunas partes de los EU, la violencia criminal tiene afluentes que nacen en Norteamérica.

¿Tendrá el peñanietismo la claridad, el interés y el personal capaz de empujar la  puesta al día de la relación? ¿Le servirá de algo las deferencias que le tuvieron a Trump cuando visitó México? Independientemente de lo que hagan y dejen de hacer en Los Pinos y en la Cancillería, es una tarea que también atañe a las sociedades, sobre todo a las que tienen contrapartes en los EU. Ya ganó Trump; sigue defender México y a los mexicanos.