Todos mentimos. ¿No lo cree o no lo quiere aceptar? No lo haga, pero eso no cambia la realidad. Desde un simple “Dile que no estoy” o “No, mi amor, no te ves gorda en eso” a un “Yo te llamo”, pasando por mentiras enormes e imperdonables, la gente miente. No todos y no siempre, pero mentimos. Lo hacemos para quedar bien, para mejorar nuestra autoestima y provocar admiración. Exageramos nuestras virtudes, escondemos nuestros pecados, mentimos para llamar la atención hacia nosotros o para conseguir algo. Mentimos sobre quienes somos para convertirnos en quien nos gustaría ser y lo que está en medio lo llenamos con mentiras.

La ciencia lo ha medido. Pamela Meyer, graduada de Harvard y autora del libro “Cómo detectar a un mentiroso” (que no he leído más que un resumen), asegura que cada día nos mienten entre 10 y 200 veces. Muchas de estas mentiras son piadosas. Meyer dice que se ha demostrado que los extraños se mienten tres veces en los primeros 10 minutos en que se conocen.

Que mentimos más a nuestros compañeros de trabajo y que las personas extrovertidas mienten más que las introvertidas. Que los hombres mentimos ocho veces más sobre nosotros mismos que sobre otras personas. Que las mujeres mienten regularmente para proteger a otros. Que en un matrimonio se miente una de cada 10 interacciones.

Las cifras de Meyer son abrumadoras, pues prueban que “Subestimamos el número de mentiras que decimos” y van más allá al sugerir que “La mentira es tan común, tan reflexiva, que literalmente desconocemos el flujo constante de falsedades que pronunciamos”.

Dice que “La mentira es un acto cooperativo. Piensen, una mentira no tiene poder en sí misma. Su poder surge cuando alguien más acepta creerla”. Afirma que “No todas las mentiras son dañinas. Algunas veces estamos dispuestos a participar en el engaño para mantener la dignidad social, tal vez para guardar un secreto que debe permanecer secreto”.

El propio Papa Francisco abordó este tema la semana pasada, señalando a los medios de comunicación que difunden rumores sin fundamento y escándalos falsos. En una entrevista con el periódico belga “Tertio”, dijo que “La desinformación es probablemente el principal pecado en el que incurre un medio, porque dirige la opinión pública hacia una sola dirección y omite parte de la verdad”. Lamentó este auge de la desinformación y declaró que “consumir noticias falsas es como comer heces”.

Pero quizás Bergoglio olvidó ¿o mintió?, pues conoce que la mentira está en el corazón mismo de nosotros y que es parte de nuestra herencia cultural. Y es que, hasta ahora, jamás lo he escuchado desmintiendo lo que la tradición judeo-cristiana nos ha contado desde tiempos inmemoriales:

Que su versión de la creación y toda la historia de Adán y Eva giran en torno a una mentira. Que lo mismo ocurre con el éxodo, las tablas de la ley y, en especial, lo que historiadores expertos consideran como la más grande mentira jamás contada: la de Jesús con todas sus imprecisiones: fecha y tipo de nacimiento, milagros, resurrección. Casi todo. Se trata de mentiras tan apasionantes que hablan de algo fundamental en la condición humana: nuestro gusto por creer, pues la verdad nos resulta cruda e incómoda. Así que no se puede culpar a la gente por preferir mentiras. Por eso las decimos, nos las dicen, las escribimos y las leemos. Y cómo no hacerlo, cuando el engaño y el autoengaño han tenido un papel esencial en la evolución y la estructura misma de nuestras mentes, moldeada desde nuestros comienzos.

Pero no sólo en la religión encontramos mentiras. La historia, la ciencia y cualquier ámbito de la vida están llenos de mitos, engaños y mentiras. Pero en todo caso, si está demostrado que todos mentimos, ¿cómo podríamos confiar en esas personas que creemos deberían ser los ejemplos de honestidad, líderes religiosos, sociales o políticos? En el primer caso, yo me quedo con esta frase que encontré en redes sociales: “La religión es como un ciego que busca en un cuarto oscuro a un gato negro que no está allí, y lo encuentra”. Por lo demás, ahí esta como ejemplo la frase del filósofo alemán Friedrich Nietzsche: “La mentira más común es aquella con la que un hombre se engaña a sí mismo. Engañar a los demás es un defecto relativamente vano”.