Todo está maravilloso, “bajo los orines de los astronautas/ la eyaculación de flechas contaminadas/ y la evacuación de materia cerebral ácida”.

Excepto, que el cadáver de Valeria, la niña migrante salvadoreña de 1 año 11 meses, yace con el cadáver de Óscar, su padre, en una orilla del Río Bravo.

Excepto, que 15 mil soldados de la Guardia Nacional persiguen familias y aterrorizan niños en la frontera norte para evitar su cruce a EU.

Excepto, que 6 mil 500 soldados de la Guardia Nacional en la frontera sur, contienen sin protocolo de derechos humanos alguno, a migrantes y refugiados.

Excepto, que “las condiciones de los centros del Instituto Nacional de Migración atentan contra los derechos humanos y la dignidad de los migrantes detenidos”.

Excepto, que los refugios privados para asistir a los migrantes “están rebasados con casos reportados de brotes epidémicos en la población infantil, entre otras deficiencias”. Por ejemplo, “en las oficinas de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados la situación es crítica. Docenas de familias esperan, en la calle bajo el implacable sol y lluvia para realizar un trámite migratorio que puede durar meses. Hay bebés durmiendo en las banquetas y menores no acompañados, sin ayuda o protección”.

Todo está maravilloso. Excepto, que la mayoría de los mexicanos se transformó en ladrillos del muro trumpiano.

Excepto, que a 25 días de los 45 para terminar el plazo impuesto por EU, México no ha cumplido con el número de migrantes detenidos y deportados acordado con EU.

Excepto, que cada día bailamos un Jarabe Tapatío sobre nuestra dignidad nacional; mientras Trump conduce -entre risotadas bipolares- los acordes tocados por un desafinado mariachi de una cantina de mala muerte.

Todo está maravilloso. Excepto, que México no tiene la capacidad institucional para enfrentar esta crisis humanitaria.

En efecto. Todo está maravilloso, como recita la poeta Jayne Cortez, “bajo los orines de los astronautas/ la eyaculación de flechas contaminadas/ y la evacuación de materia cerebral ácida”.