Y hoy en “Mil Maneras Pendejas de Enfrentar una Pandemia”:

No. 174.- Que viajes en tu carro a toda madre y la autoridad te detenga, para pedirte (obligarte a) que te coloques el cubrebocas.

En contra de la lógica más incipiente, apuñalando al más tímido atisbo de sentido común, la autoridad nos compele a viajar encapuchados en ese microcosmos –que es de hecho una extensión de nuestro propio hogar–: nuestros vehículos.

¿Por qué? Quizás porque kilómetros más adelante se aparece una seño que te pide aventón y aunque no te detengas, cuando miras por el retrovisor ya va sentada en la parte de atrás. Y pues qué incómodo verse en esta situación y que ni el conductor ni la mujer espectral observen las mínimas medidas de protección.

Ya en serio: ¿acaso no nos exponemos más al bajar la ventanilla y tener interlocución con un gendarme que sabrá Dios en qué estado de salud se encuentre, o con quién más haya tenido contacto durante el día? Si el riesgo es un contagio viral, ¿no es como que muy estúpido pedirle a un ciudadano que abandone su microcosmos (el vehículo) para hacer que se coloque una prenda inútil dentro de un ambiente en el que no corría ningún riesgo? (Como dato adicional, el retén no se ocupaba en absoluto de los transeúntes que deambulaban por ahí mismo sin mascarilla. Sólo de la gente en su vehículo).

Si usted lo entiende, envíe por favor su explicación al Apartado Postal 38000, o mejor mande inbox.

No. 591.- Que tiendas y establecimientos modifiquen sus horarios y otras formas de atención.

Algunos comercios han sido obligados a reducir sus horas de servicio, en diferentes ciudades del País. Otra genialidad alumbrada por alguna eminencia burocrática pues, cuando se trata de servicios de alta demanda –como supermercados, farmacias, centros de pago–, al ver recortadas las horas de servicio, la gente va a tener que aprovechar el corto periodo disponible, así que al final tendremos más seres humanos apeñuscados en el mismo espacio y al mismo tiempo.

Resulta hasta difícil de creer de tan absurdo, pero sí se están implementando por todas partes medidas de esta naturaleza.

La última vez que estuve en una terminal de autobuses (en Monterrey), la mitad de la sala de espera había sido clausurada o inhabilitada “a causa de la pandemia”. Entonces los pasajeros tenían que aguardar por su salida, sentados más cerca unos de otros.

Esa ocurrencia de reducir espacios públicos y acortar horarios como una solución, sólo pone de manifiesto la ingenuidad de nuestras autoridades para entender y encarar el problema.

Lo que tienen en común las “medidas de contención” antes citadas (además de ser rotundos sinsentidos) es que son muy vistosas. Eso sí.

Un absurdo retén, espacios públicos clausurados, un inconveniente recorte en los horarios de atención de lo que sea, son medidas casi imposibles de ignorar porque son altamente faramallosas e incómodas, por lo mismo dan esa falsa sensación de que los gobiernos están haciendo algo con respecto a la que sigue siendo al día de hoy la mayor preocupación global.

La falta de sentido sólo evidencia la inefectividad de dichas acciones, mayormente encaminadas a aplacar el ánimo de una población desesperada por recuperar su vida.

Y quizás el peor error de todos haya sido iniciar la cuarentena con demasiada anticipación (vale tanto para México como para buena parte de Estados Unidos).

Supongamos (aun sin conceder) que la reclusión de toda la humanidad a nivel planetario haya sido la mejor y única estrategia viable para enfrentar la propagación de COVID.

Pedirle ahora a la población que vuelva a observar un riguroso enclaustramiento (luego de tres meses de encierro con todo el deterioro económico y emocional que esto conlleva) es de un gran desgaste para la paciencia colectiva como para la credibilidad de un gobierno, sobre todo después de que se dio luz ámbar para ir retomando las actividades cotidianas de manera paulatina.

Si en las primeras etapas, hacia fines de marzo (cuando todo era novedad y el mundo se volvió pendejo por el papel de baño), nos hubiesen pedido practicar sólo el distanciamiento social junto con otras medidas higiénicas básica; y hubiésemos aguantado el cartucho de la cuarentena para la presente fase, que se supone es la crítica, estoy seguro que estaríamos al día de hoy en mucha mejor disposición de acatar lo que sea.

Hay gente para la que el encierro prolongado resultó un verdadero martirio (sea por el tema económico o emocional). Y es muy fácil criticarla, sobre todo cuando tales críticas vienen de quienes la han librado relativamente bien (están cómodos, siguen percibiendo ingresos, continúan con sus actividades a distancia).

Pero pedirle a la gente que más sufrió que se regrese a su mazmorra doméstica porque “¡Ay, fíjense que nos falló el cálculo¡ ¡Se me hace que no debimos reabrir!”, es someter a la población a una verdadera tortura psicológica que ninguna autoridad, de ningún nivel, parece estar considerando. Así que:

No.- 517. Decirle a la gente que ya puede salir y enseguida salirle con que siempre no, que se tiene que regresar y quedarse encerrada otra vez en casa.