Murió Quino, y el mundo se hizo un poco menos alegre y menos sabio.

El gran artista tuvo la virtud de hacer reír y hacer pensar. En Mafalda, su más entrañable personaje, encarnaron el buen sentido y la sonrisa. Quino enseñó divirtiendo. Fue el suyo un amable magisterio.

Tengo entre mis tesoros una ilustración del argentino. En ella se ve una calle céntrica de alguna ciudad grande. La calle está llena de una muchedumbre de hombres y mujeres con rostros adustos en los que se adivinan indiferencia, tedio, mal humor. En medio de la multitud va un anciano –nada más a a él lo dibujó Quino a colores- que lleva bajo el brazo el retrato enmarcado de una corista o vicetiple de tiempos muy pasados. El anciano sonríe, y su sonrisa es de felicidad por un bello recuerdo, por una de esas memorias que bastan para iluminar toda una vida.

No estemos triste porque se fue Quino.

Alegrémonos porque nos dejó a Mafalda. Y no se va del todo aquél que ha dejado una parte de sí a los demás. 

¡Hasta mañana!...