San Merardo es un santo a quien se conoce poco. Vivió muy larga vida, del año 300 al 390 de nuestra era.

Monje en clausura, observaba costumbres rigurosas. Tuvo como maestro al abad Pombo, que se enorgullecía de no haber sonreído ni reído nunca. Las penitencias y mortificaciones de Merardo eran de tal manera rigurosas que a todos admiraba el hecho de que el santo varón conservara la existencia.

Era el tiempo en que los demonios andaban por el mundo acosando a los hombres para hacerlos caer en tentación. A tal fin los espíritus malignos tomaban la forma de una bella mujer. En el caso de los clérigos los diablos no tardaron en aprender que su oficio de tentadores se cumplía mejor si se disfrazaban de hermosos mancebos, pues los hombres de religión recelaban de las mujeres.

Los demonios le presentaron a Merardo ambas tentaciones. Pusieron en su celda a una doncella de singular belleza y a un joven de apostura singular. Él les dijo: “Id juntos; amaos y perpetuad la vida”. Yo caí en la tentación de dar la espalda a la vida y al amor”.

¡Hasta mañana!...