El califa de Bagdad solía disfrazarse de mendigo, y salía a las calles de la ciudad para oír lo que la gente decía de él y de su modo de impartir justicia.

Una noche entró en un lupanar y vio ahí a una hermosa prostituta. Al punto sintió por ella una pasión irrefrenable. Averiguó su nombre, y al día siguiente hizo que sus jenízaros la llevaran a sus aposentos. Cuando la tuvo en sus brazos se olvidó de todo. La mujer era diestra en las artes del amor, y lo subyugó en tal modo que el califa le rindió su voluntad. En adelante aquella hetaira fue dueña de Bagdad.

Sus veleidades y caprichos hicieron grave daño a la ciudad y a sus habitantes, ricos y pobres por igual. La madre del califa se angustiaba, y le pedía a su hijo que volviera a la razón. Él sólo oía a la mujer que lo tenía rendido.

El pueblo se levantó contra el monarca y lo apresó. La prostituta huyó de la ciudad y no volvió a saberse de ella. La madre del califa murió maldiciendo a su hijo. En la prisión, cargado e cadenas, el califa cantaba canciones de amor y perdía la mirada en sus recuerdos.

¡Hasta mañana!...