Los días que antes se llamaban santos eran tristes. Los tiempos de cuaresma eran penitenciales.

Pero a la pena por la Pasión de Cristo sucedía la gloría del Sábado de Gloria y luego el gozo de la Resurrección.

El cristianismo no es una religión de tristeza, sino de alegría. San Francisco de Sales solía decir: “Un santo triste es un triste santo”. Santa Teresa de Jesús cantaba por bulerías, y en los días de regocijo bailaba regocijadamente las danzas que danzaba el pueblo. Comía muy a su sabor un guiso de su época, el pisto, y cuando alguna de sus monjas le preguntaba si no estaría incurriendo acaso en pecado de gula le respondía: “Hermana: cuando Cristo, Cristo. Y cuando pisto, pisto”.

Este día de gloria empezamos a estrenar una alegría que plenamente nos alegrará mañana.

Existen, ciertamente, las penas, el sufrimiento, el dolor.

Pero con el tiempo regresa la alegría. La alegría regresa siempre.

¡Hasta mañana!...