San Virila plantó un rosal en el huerto del convento.

También puso una planta de papas.

A su tiempo hubo rosas para el altar y papas destinadas a la mesa.

Dijo el frailecito:

—Las rosas son para el alma; las papas para el cuerpo. Si te fijas bien las papas tienen la misma belleza de las rosas. Si bien te fijas las rosas son tan necesarias como las papas. Debemos cuidar las papas y las rosas. Debemos cuidar tanto el cuerpo como el alma.

Entró en el convento San Virila llevando consigo un ramo de rosas y un saco de papas. Diez rosas eran, y diez papas.

Uno de los monjes le dijo:

—¿Qué te sucede, hermano? Hoy no has hecho ni un milagro.

Virila le mostró las papas y las rosas y le dijo:

—Aquí traigo veinte.

¡Hasta mañana!...