Llegó sin anunciarse y me dijo sin más:

—Soy el que mató dos pájaros de un tiro.

Lo noté confuso, avergonzado, de modo que le pregunté:

—¿En qué puedo servirlo?

Respondió:

—Por favor diga a sus lectores que estoy arrepentido. No debí haber matado a esos pájaros, ni de un solo tiro ni de dos. Matar un pájaro implica suprimir no nada más una vida, sino una cadena infinita de vidas, todas las que esa ave y sus descendientes pudieron haber creado. Evité entonces que nacieran dos cadenas de vida. ¡Cuántos trinos dejaron de surgir por culpa mía! ¡Cuántos nidos no se hicieron por mi causa! ¡Cuántas frondas quedaron despobladas porque yo impedí que nacieran los que las iban a llenar!

Con voz entrecortada concluyó:

—Pido perdón por ese crimen.

Le iba a decir que era muy bueno que se arrepintiera de su acción y que al mismo tiempo pidiera perdón por ella. Así mataba dos pájaros de un tiro. Me contuve, sin embargo.

¡Hasta mañana!...