Llueve… Llueve… Llueve…

Después de meses, meses, meses de sequía se abrieron por fin las cataratas celestiales y cayó sobre las tierras del Potrero la bondad de Dios.

Hay animalitos nacidos hace tiempo que no conocían la lluvia, y corrían asustados –“¿Qué es esto?”– a ponerse bajo las alas o el vientre de sus madres. Mugió la vaca, baló el chivo, relinchó el caballo, y el único asno que en el rancho queda –ahora hay motocicletas nada más– lanzó un rebuzno wagneriano que supongo ha de haber sido de alegría.

Mañana el campo se cubrirá de verde, un color que el paisaje tenía ya olvidado. La tierra es agradecida, y paga el milagro de la lluvia con el regalo de la hierba nueva. Si así de agradecidos fuéramos los hombres el mundo sería un mejor mundo.

Doy gracias por el don de la lluvia. Esto es decir que doy gracias por el don de la vida.

También llovió en mi alma, y la traigo ahora reverdecida de agradecimiento.

¡Hasta mañana!...