John Dee emprendió la ímproba tarea de traducir al inglés los libros que los más insignes teólogos de su época escribieron en latín.
Empezó con Ascis de Samotracia.

Siguió con Libor de Bolonia.
Continuó con Johannes Brau, de Lieja.
Tradujo incluso a Salustio de Nova y a Belardo de Sevilla.
Iba seguir la empresa, pero la suspendió de pronto.

A todos asombró su decisión: al rey y sus ministros; al obispo, los canónigos de la catedral y la clerecía toda; al claustro de la Universidad; a sus discípulos; a la gente común, que esperaba con ansiedad conocer el fruto de la labor que el sabio profesor había emprendido.

Le preguntó uno de sus amigos más cercano:
–¿Por qué dejaste de traducir a esos famosos teólogos?
Contestó John Dee:
–Porque estaba dejando de creer en Dios.

¡Hasta mañana!...