¿Recuerdas, Terry, amado perro mío, la primera vez que oíste un trueno?

Eras apenas un cachorro de dos meses, o tres. Me han dicho que otros como tú se espantan a oír el ruido de la tormenta y corren a esconderse bajo un mueble. Tú, en cambio, te pusiste en actitud de reto como para defenderme de ese ominoso enemigo invisible. Le gruñiste, amenazante, y volviste la mirada a mí como para decirme: “Tranquilo. Aquí estoy yo”.

De otras tormentas supe, Terry, y en todas fuiste presencia tranquilizadora. Ahora mismo, cuando en el mundo hay sombras y el aire es amenaza peligrosa, tu recuerdo me da sosiego y paz.

Se irán las sombras; el aire se clarificará otra vez. Si así lo dicta el misterio que rige la vida de los hombres y los perros volveremos a estar juntos, en la vida yo, tú en la memoria. O en la memoria los dos, que es otra forma de la vida.

 

     ¡Hasta mañana!...