El rey Cleto era incrédulo.

No sólo no tenía fe: tampoco tenía imaginación.

Hizo llamar a San Virila y le ordenó:

-Mándame una señal que me haga creer.

El frailecito se resistía a hacer esa demostración, pero el monarca insistió: si no le hacía algún milagro no sólo no creería: además haría que todos sus vasallos dejaran de creer.

San Virila se resignó e hizo un movimiento con su mano. En ese mismo instante una hormiga colorada le picó al monarca en la parte más sensible de su real trasero.

El soberano lanzó un grito de dolor y gimió:

-¡Creo, creo, pero quítame de ahí a la hormiga!

En adelante el rey fue un devoto creyente.

Y decía San Virila:

-¡Qué milagros tan grandes puede hacer una pequeña hormiga!

¡Hasta mañana!...