Los días en el Potrero de Ábrego habían estado fríos, nebulosos. Desaparecieron en la bruma los picos de Las Ánimas, y apenas se miraba a la distancia el monte llamado Coahuilón.

Ayer, en cambio, el día amaneció radioso, como si una mano gigante hubiese apartado la neblina y pintado luego el campo con crayolas igualmente grandes. Azul el cielo, verde el pasto, amarillas las frondas de los árboles…

Le dije a don Abundio:

-Pensé que ya nunca iba a salir el sol.

Me respondió:

-Siempre ha salido.

Yo me quedé pensando. En efecto, el bien de Dios siempre está ahí aunque no lo veamos. Su providencia jamás nos desampara. En días de sufrimiento podemos pensar que estamos solos, pero nos acompaña el padre que mira por sus hijos. Alejará de nosotros la niebla que llegue a nuestra vida y la pintará con sus crayolas de esperanza, fe y amor.

¡Hasta mañana!...