Un día se reunieron los pecados capitales.
Estaba ahí la avaricia, el pecado del que teniendo mucho nada goza, y cuya muerte hace mejor la vida de otros.

Estaba ahí la envidia, el triste pecado que ningún placer da; aquél que exalta al envidiado y humilla al envidioso.

Estaba ahí la gula, el último pecado de la carne que el hombre puede cometer.

Estaba ahí la pereza, el pecado que hace el que nada hace.

Estaba ahí la ira, el pecado del nombre pequeño y los efectos grandes.

Estaba ahí la lujuria, el pecado menos pecado. 

Tan débil es el pobrecillo que desaparece con los años.

En eso llegó la soberbia.

Todos los pecados se pusieron en pie y dijeron al mismo tiempo, 
reverentes:
—¿Cómo estás, madre?

¡Hasta mañana!...