Llega el viajero a Brujas y mira los silenciosos cisnes en el canal bajo la niebla.

Parecen esos cisnes fantasmas de otros cisnes. Si el viajero pudiera verlos bien observaría que sus formas no se reflejan en el agua. Pero la bruma no permite apreciar con claridad las cosas, y éstas no son lo que son, sino lo que fueron hace años, hace siglos.

De súbito un rayo de luz rasga la neblina, y a su fulgor desaparece todo. Ya no están los cisnes, ni el canal, ni el agua. Tampoco están la antigua ciudad ni el viajero que creía hallarse en ella. El sueño mismo –porque todo era un sueño– desaparece en la luminosidad del día.

El viajero no es hombre que viaja: es hombre que sueña. También lo es el hombre que vive. Todos soñamos, y todos somos soñados. Todo es un sueño. Ahora que estoy escribiendo estoy soñando. Ahora que creo estar viviendo estoy soñando.

¡Hasta mañana!...