Doña Rosa está barriendo su casa del Potrero.

Piso de tierra tiene esa casa campesina, pero parece que lo tiene de alabastro o mármol. Tan pulido se mira que podría uno mirarse en él.

Va y viene la escoba de doña Rosa. No levanta polvo porque su dueña ha regado antes el suelo con agua que su mano saca de una tina. La escoba de doña Rosa viene y va. No deja rincón sin visitar, y saca de él hasta la más pequeña brizna de basura. Ahora pasa por abajo de la mesa. Luego va a donde estaban las sillas, que la mujer movió para que 
la escoba pudiera entrar ahí.

Termina doña Rosa de barrer. Levanta con un recogedor lo que ha barrido y lo lleva afuera, donde está el bote de la basura. La casa ha quedado limpia como una patena, brillante como un brillante, clara como un amanecer. Ninguna impureza hay ahora en ella. En la casa no cabría ahora ni un mal pensamiento.

Yo quiero que una escoba como la de doña Rosa me barra el corazón y el alma.


¡Hasta mañana!...