Iba la lechera con su cántaro.
En el camino soñaba que con el dinero que obtendría por la venta de la leche compraría huevos que le darían pollos. Al paso del tiempo vendería los pollos y se compraría una vaca que le daría terneras. Las vendería; se compraría una casa, y ya dueña de una casa no le costaría trabajo hallar marido.
En eso la lechera vio a un fabulista. Pensó: “Seguramente espera que el cántaro se me caiga y se derrame la leche, con lo cual se acabarían mis sueños. Yo lo que quiero es encontrar marido, de modo que tomaré un atajo”
El atajo consistió en que la lechera enamoró al fabulista y se casó con él.
Esta historia tiene final feliz: a la lechera nunca se le quitó lo soñadora, pero al fabulista sí se le quitó lo moralista.

¡Hasta mañana!...