Si estuviera sola, nadie la vería, tan diminuta es. Pero con sus infinitas hermanas forma una gran alfombra de intenso color amarillo. La ves y piensas que el Sol se ha echado a dormir sobre la hierba.

Yo voy de madrugada, a pie, hacia la huerta que dicen del Rodeo, pues he oído que están bajando los venados a pacer ahí. No dejo el camino para no pisar este floral tapete de luz y oro. Me sale al paso un recuerdo penoso: un día, hace ya muchos días, corté una de esas florecillas niñas para verla de cerca. Sentí al punto como si las hubiera cortado todas, y me avergoncé. Querría saber si me ha perdonado ya.

Procuro aprender la lección de la alfombrilla. Cada uno de nosotros, solo, es nada o casi nada. Con los demás podemos hacerlo todo, o casi todo. Yo solo nada puedo. Contigo puedo hacer que baje el Sol y pinte el campo con el color del oro y de la luz.

¡Hasta mañana!...