Si Debussy hubiera oído esta lluvia habría compuesto con ella un bello estudio.

Cae la lluvia suavemente, como si quisiera acariciar la tierra. Murmura sobre el techo de la casa, de modo que los antiguos muebles no se asustan. Los hilillos del agua bajan, lentos, por la vidriera del ventanal, y hacen que el huerto parezca ahora una pintura impresionista.

Yo agradezco el regalo de esta lluvia humilde y mansa. No se parece nada al súbito chubasco que llega como ráfaga y así, como ráfaga, se va. La lluvia que en este momento casi oigo y casi veo durará toda la noche. Las raíces de los árboles la beberán a tragos despaciosos y la harán luego fronda y fruto. Saldrá a la luz el agua convertida en hierba.

Al paso de los días beberemos esta lluvia en el ciruelo y el durazno, en la manzana de carne de cristal, en la pera de curvas femeninas. Y daremos las gracias por este don que nos bautiza el alma.

¡Hasta mañana!...