Aquel hombre encontró una rica veta de oro.

Por años y años la había buscado sin hallarla. Ahora la tierra le entregaba ese preciado don.

Pensó lo que haría con su riqueza. Mandaría construir un palacete; tendría el mejor carruaje; viajaría por el mundo…

En eso llegó su nieto mayor y le dijo:

—Abuelo: por puro azar hice un hallazgo interesante. Corté una rama en forma de horqueta; tomé dos de sus puntas y fui con ella por el campo. De pronto la vara se inclinó y señaló un punto en el suelo. Cavé ahí, y para mi sorpresa brotó una corriente cristalina de agua.

El abuelo se conmovió al escuchar aquel relato. Abrazó al muchacho y le dijo lleno de emoción:

—Estoy feliz por ti, hijo mío. Has de saber que descubrí una rica mina de oro. Tú me has superado con creces. Yo hallé solamente riqueza. Tú encontraste vida.

¡Hasta mañana!...