Recuerdo, Terry, amado perro mío, que tú tenías la facultad de ver lo que nosotros no veíamos.

Una noche mi esposa y yo estábamos frente a la chimenea en la casa del Potrero. Tú dormías a nuestros pies, en el tapete. De pronto levantaste la cabeza, los ojos fijos en un punto atrás de nosotros. En seguida pusiste en nosotros una mirada de interrogación.
Lo mismo sucedió las siguientes noches.

-Está viendo algo –dije yo.

-Está viendo a alguien –dijo mi mujer.

Al día siguiente vino doña Rosa y roció las paredes de la casa con agua de San Ignacio. Esa agua sirve, según la buena gente de Ábrego, para ahuyentar los espíritus que andan por el mundo sin encontrar descanso por causa de las maldades que en su vida hicieron.

Yo no digo que es cierto, ni digo que no es cierto. El caso, Terry, es que ya no volviste a ver lo que nosotros no veíamos.
No, no me digas ahora qué viste, o a quién viste.

Prefiero no saberlo


¡Hasta mañana!...
Armando Fuentes Aguirre