Llegó el color rojo y me dijo de buenas a primeras:   
     
—Soy el mejor de todos los colores.

Pensé: si alguien dice que es el mejor, por ese solo hecho ya no es el mejor. No se lo dije –se hubiera puesto rojo–, pero le comenté que el verde también es buen color, lo mismo que el azul, el amarillo y los demás colores. Todos son igualmente valiosos. Si el rojo fuera el mejor, entonces el cielo querría ser rojo, lo mismo que la tierra y las aguas del mar. No sería grato vivir en un mundo pintado todo de rojo.

El color rojo pareció entender, a juzgar por lo que me dijo antes de irse:
—Salúdeme por favor al verde, al amarillo y al azul.

Por este medio lo hago. Reciban los demás colores el saludo del rojo, y alegrémonos todos: un país en el que hay muchos colores es mejor que otro en el que hay un solo color.

¡Hasta mañana!...