Te me apareces en el sueño, Terry, y en ese incierto territorio vuelves a ser lo que en la vida fuiste: mi perro amado, mi compañero en la ventura y en la desventura, mi silencioso amigo, mi ángel.

Ahora estás en otra parte, perro mío, pero no te has apartado. Sigues aquí en la casa; sigues aquí en el corazón. Alguien como tú no se va nunca. Estás en mi memoria y en la de mi mujer, mis hijos y mis nietos. Cuando te fuiste de nosotros el más pequeño miró al cielo, apuntó hacia él con su dedito y me dijo: “Mila, tito, Teli”.

Por mucho que te amemos, Terry, no te amaremos tanto como nos amaste tú. Iba decir que fuiste imagen viva del amor, pero diré más bien que fuiste el amor, ese perfecto amor con que los perros nos aman a sus imperfectos amos.

Yo no fui tu amo, Terry. Fui tu hermano. Y a veces fui tu hijo, como aquella ocasión cuando te pusiste entre mí y los perros bravos de la ranchería para librarme de su ataque. Sálvame ahora de mí mismo, Terry. Haz que no caiga en el desamor, los rencores o la ingratitud. Enséñame a ser como tú, Terry. Enséñame a no ser como yo.

¡Hasta mañana!...