El obispo le ordenó a San Virila que predicara un sermón en su presencia, pues quería conocer sus aptitudes de orador sagrado.
El día fijado para la ocasión el obispo llegó al templo. San Virila, que lo aguardaba en la puerta, lo tomó por el brazo y lo llevó calle arriba. Desde lo alto se miraba el paisaje como si estuviera recién salido de las manos de Dios. En el suave declive de la colina se recostaban las viñas, y sus pámpanos mostraban el verde nuevo de la primavera. A lo lejos el río iba diciendo la canción del agua. Arriba el cielo era una curva de infinito azul. De la escuela llegaba la recitación de los niños, sosegada y monótona como la paz. Por el camino volvían ya los hombres después de arar sus campos. En las casas las mujeres encendían el fuego del hogar.
Sin pronunciar palabra el santo iba mostrando al obispo el hermoso prodigio de la vida.
Cuando se puso el sol tras la montaña dijo San Virila:
-El sermón ha terminado.
Respondió el obispo:
-Demos gracias a Dios.

¡Hasta mañana!...