El desayuno semanal con mis amigos es algo que espero como se espera un regalo.

Ayer asistí a él, pese a que el termómetro marcaba tres grados bajo cero. Mi esposa, dueña de todas las sabidurías del mundo, me tildó de loco. Dijo: “Nada más tú vas a ir”.

Se equivocó esta vez. (No recuerdo otra). Asistieron otros dos locos como yo: Toño y Gabriel. En el restorán no había nadie más, ni en nuestra mesa ni en las otras.

Pero nosotros no faltamos a la cita: más fuerte que nuestro instinto de conservación fue nuestro instinto de conversación.

Disfruté de su charla, ingeniosa e ilustrativa como siempre. Y de otro regalo disfruté: los árboles de mi jardín se cubrieron de un leve manto níveo que les quitó su traza de árboles y los hizo ver como cúpulas de iglesia. Cuando a Diosito le da por ser artista no hay mejor escenógrafo que él.

Mis amigos son como árboles, porque aquí están siempre. Y mis árboles son como amigos, porque nunca se van. Los veo a unos y a otros y agradezco los dones que me da el invierno.

Hablo del invierno del año.

Y hablo también del invierno de la vida.

¡Hasta mañana!...