Soy hombre afortunado: todavía alcancé a ponerles adivinanzas a mis nietos. Me temo que si ahora algún abuelo les dice a los suyos: “Les voy a poner una adivinanza” ellos preguntarán: “¿Qué es eso?”.

Recuerdo varias adivinanzas que les propuse hace años a mis nietos, algunas de ellas muy campiranas:

“Cuando me amarran me voy; cuando me sueltan me quedo”.

“Para bailar me pongo la capa. Para bailar me quito la capa. Porque sin la capa no puedo bailar. Porque con la capa no puedo bailar”.

“En medio del campo verde estaba la Virgen pura con su flor en la cabeza y su niño en la cintura”.

“Aquí van los hermanitos desfilando en sucesión: siete grandes, cuatro chicos y un enano de pilón”.

“Arca cerrada de buen parecer, que un carpintero no la puede hacer, sólo el Dios del cielo con su gran poder”.

Las respuestas son, por orden: La carreta; el trompo; la planta de maíz, con su espiga y su elote; los 12 meses del año; la nuez.

Es una pena que muchos niños de hoy no sepan de las adivinanzas. Después de todo, la vida es una adivinanza.

¡Hasta mañana!...