La reina Isabel no es tan reina con su corona y su cetro como doña Rosa cuando se pone el delantal en la cocina.

Las demás mujeres de la casa guardan entonces silencio respetuoso, y se limitan a mirarla como si vieran al Padre Dios en el acto de la creación. Ella entonces prepara sus guisos con maestría igual con la que Horowitz tocaba sus conciertos.

Si doña Rosa está en su cocina el lugar se vuelve territorio vedado para los varones. Dice: “El hombre en la cocina huele a caca de gallina”. Añade: “Un hombre aquí es como un colchón atravesado”. Y remata el despido con la frase acostumbrada: “Mucho ayuda el que no estorba”.

Una de las mayores sabidurías del hombre consiste en reconocer la supremacía de la mujer. No sólo en la cocina, sino en todas partes. Don Abundio, que ha enfrentado él solo con su rifle Mendoza y su machete al oso, al jabalí y al puma, en presencia de su esposa se vuelve manso corderito. (En cambio yo, en presencia de la mía, soy todo lo contrario: me vuelvo corderito manso).

¡Hasta mañana!...