Camina el caminante por el camino de Santiago.

Lo lleva de la mano el espíritu de Walter Starkie, aquel irlandés loco que iba por el mundo sin más bagaje que unos cuantos libros ni más fortuna que la música de su violín.

El caminante tiene 20 años. Eso quiere decir que no tiene nada. Lo acompaña una linda muchacha de 18. Eso quiere decir que lo tiene todo.      

Es ya de noche. La Luna no ha salido todavía; pero la luz de las estrellas basta para iluminar la senda. El muchacho y su compañera se detienen. Sobre el camino de Santiago el Camino de Santiago –quiero decir  la Vía Láctea– esplende como un manto de albura sobre el cielo.

El caminante sabe que muchos peregrinos hacen la ruta jacobea para ganar el Cielo. Se pregunta si sobre el Camino de Santiago, el de allá arriba, no irán otros peregrinos deseosos de ganar la Tierra. Y es que el muchacho es feliz, y cree que sobre la Tierra todo es felicidad.

Ahora el caminante no tiene ya 20 años. Tiene muchos años. Y sigue creyendo que hay caminantes sobre el Camino de Santiago –el de allá arriba– que quisieran venir acá, a la Tierra.

¡Hasta mañana!...