Jean Cusset, ateo con excepción de la vez que escuchó a Horowitz tocar el Impromptu 3 de Schubert, dio un nuevo sorbo a su martini –con dos aceitunas, como siempre– y continuó:

–Yo creo en el infierno. Y en el cielo creo también, por equidad. Creo en uno y el otro porque los he visto aquí en la Tierra. Infierno son los odios, la pobreza, la injusticia… Cielo son el amor, la belleza, la bondad... No me interesa mucho, entonces, saber si también existen en el más allá. Con los de aquí tengo por ahora.

Siguió diciendo:

–Nuestra tarea en este mundo es hacer que los infiernos sea cada día menos, y los cielos cada día más. Si después de esta vida hay un infierno, nos salvará de él haber luchado contra los infiernos que hay aquí. Si después de esta vida hay algún cielo, nos llevará a él haber contribuido, aunque sea un poco, a hacer que haya cielos en la Tierra.

Así dijo Jean Cusset. Y dio el último sorbo a su martini, con dos aceitunas, como siempre.

¡Hasta mañana!...