Esta foto es antigua, muy antigua. Tiene más años que la casa, que tiene muchos años. Alguna vez quizá fue color sepia. Ahora el tiempo le ha dado un tono gris, el de la tierra.

¿Quién tomaría esta foto? Seguramente un fotógrafo viajero; francés a lo mejor, o americano, de los que llegaron cuando las invasiones. El retrato tiene la vaguedad de las cosas que fueron y que ya no son. En él aparece una muchacha que nos mira desde la lejanía que va con ella. No sé quién es. 
Desde joven les pregunté a los viejos quién fue esta muchacha, y no me lo supieron decir. Desde jóvenes ellos les preguntaron a los viejos quién fue esa muchacha, y no se lo supieron decir.
Murió y fue enterrada. Se volvió polvo en el cementerio de Ábrego. Pero no murió cuando se le acabó la vida: murió cuando se le acabó el recuerdo. El día que fue olvidada se murió. El olvido es la verdadera muerte. La otra, la del entierro y polvo, es muerte con vida. Ésta, la del olvido, es muerte que ha muerto para siempre.

Miro el retrato de esta muchacha y me entristece verla. Vivió como si no hubiera vivido. Le inventaré una historia para que vuelva a vivir.
¡Hasta mañana!...