¿Qué extraño instinto, Terry, te llevó a perseguir al gato la vez primera que lo viste?

Sé bien, querido perro mío, que los gatos y los perros andan siempre como perros y gatos. Tú nunca habías visto uno, y cuando lo miraste fuiste tras él ladrándole con tus pequeños ladridos de cachorro.

En el corazón de un perro no hay maldad. A veces el hombre pone en él sus perversidades, pero los perros son de nacimiento ángeles como los del Señor. Algo debe haber en los gatos que hace que los perros se vuelvan de pronto ángeles luciferinos.

En el Cielo estás ya, Terry. Si no estás ahí es porque no existe el Cielo. Te pido que te me aparezcas en el sueño, como tantas veces, y me digas si en el Cielo hay gatos. No dudo que los haya: el buen Dios ama a todas sus criaturas por igual. A lo mejor también está ahí la serpiente que ofreció la manzana a Adán y Eva. La pobrecilla no hizo más que cumplir los designios del Señor. Ella incurrió también en aquella felix culpa de que hablaron los Padres de la Iglesia.

Si hay gatos en la mansión celeste, Terry, estoy seguro de que ya no los persigues. En el Cielo los gatos y los perros no andan como perros y gatos, como andamos los hombres por acá.

 

     ¡Hasta mañana!...