Desde el fondo más hondo de la noche me mira una mirada.

No sé de quién son esos ojos que me miran. Pueden ser los del hijo que no tuve. Quizá son los de la mujer que abandoné. Me miran esos ojos y la noche se vuelve aún más noche.

Ansío que amanezca, pero el amanecer no llega. Se diría que la luz ha muerto y que la oscuridad le guarda luto. Y no se aparta de mí esa mirada, por más que me empeño en no mirarla.

Cierro los ojos y se abren dentro de mí esos ojos. Me cubro el rostro con las manos, y en las manos se me dibuja su mirada. Escaparía, pero sé bien que no hay escapatoria.

Decido enfrentar a mis perseguidores. Abro los ojos para verlos, y encuentro que los ojos que me miran son los míos. Soy yo quien me persigue. Soy yo quien me persigo.

Tiemblo. Ahora sé que esa mirada me seguirá por siempre.

¡Hasta mañana!...