Llueve, llueve, llueve…

Después de largos meses de sequía, San Pedro y San Isidro se acordaron por fin de que el Potrero existe, y han dejado caer el don precioso de la lluvia sobre nuestras huertas y labores.

¿Cuántas veces sacamos en procesión la estampa de Nuestra Señora de la Luz para pedirle el agua? Ya no recuerdo. Me acuerdo, sí, de los estanques secos, de los remolinos de polvo en el camino, de la desolación de los hombres y las mujeres ante el sombrío pensamiento de la falta de cosechas.

Ahora que la promesa del pan sobre la mesa es cierta yo les digo que volvamos a sacar la estampa de la Virgen, ahora en agradecimiento. Me dicen todos:

-No. Puede llover.

Cuando nadie me ve voy a la pequeña capilla de la Señora y le doy gracias por la lluvia, lo cual es darle gracias por la vida. Hasta acá se oye el rumor del agua en las acequias. Su canto y mi silenciosa acción de gracias se confunden en una misma oración.

¡Hasta mañana!...