San Virila salió de su convento y tomó el camino que llevaba al pueblo. Iba a pedir por caridad el pan para sus pobres.

Cerca de la aldea vio a un niño que lloraba porque su gatito había subido a un árbol y no quería bajar. El pequeño vio al santo y le pidió, suplicante:

-¡Por favor, haz el milagro de que el gatito baje por el aire y llegue hasta mis brazos!

San Virila podía hacer ese milagro, y aun otros mayores, pero le respondió al chamaco:

-Sube tú al árbol y bájalo.

-No puedo –respondió el niño.

-Sí que puedes –lo animó San Virila–. Vamos, sube.

Con esfuerzo subió el chiquillo al árbol y bajó al gatito.

Le dijo entonces San Virila:

-¿Lo ves? Los mejores milagros son los que haces tú mismo.

¡Hasta mañana!...

Armando Fuentes Aguirre