Me habría gustado conocer a Alfonso Barca.

Era muy joven cuando su padre lo obligó a casarse con la hija de un hombre a quien debía dinero por cuestión de juego. Alfonso amaba desde niño a una bella muchacha que le correspondía. En la ceremonia nupcial el sacerdote le preguntó:

–¿Tomas por esposa a…

Lo interrumpió él:

–No, padre. A quien tomo por esposa es aquella mujer que está llorando allá, y que no debe llorar más, pues en este mismo momento la desposo en presencia de Dios y de esta asamblea.

Eso sucedió en mi ciudad. Me contaba mi abuela, mamá Lata, que al oír aquello la gente que llenaba la iglesia prorrumpió en aplausos, pues todos sabían que Alfonso iba forzado al matrimonio.

El final de los cuentos: “Y vivieron felices” se cumplió esta vez. A pesar de todo lo malo que en el mundo hay ese final se cumple muchas veces.

¡Hasta mañana!...