Me habría gustado conocer al padre Zeferino Luna Mier.

Primera confesión: el nombre del sacerdote es un invento mío.

Fue cura párroco en una pequeña iglesia de barriada en Seria.

Segunda confesión: el nombre de esa ciudad es igualmente imaginario.

El padre Zeferino carecía de dotes oratorias, pero era dueño de la mejor elocuencia: la verdad.

Sabía cómo decirla, y cuándo. Sus muchos años de ministerio le habían enseñado que muchos pobres no son necesariamente buenos por el solo hecho de ser pobres, y que muchos ricos no son necesariamente malos por el solo hecho de ser ricos.

Cuando la teología de la liberación estaba muy de moda el padre Luna dijo en una reunión del presbiterio:

-De lo primero que tenemos que liberarnos es de esa teología.

Su obispo era vanidoso y negligente. Y comentaba el padre Luna:

-En el juicio final no será obispo.

Añadía:

-Y allá abajo tampoco.

Me habría gustado conocer el padre Luna. Su nombre es inventado pero él no.

     ¡Hasta mañana!...