El presidente Andrés Manuel López Obrador tendrá tiempo de comenzar a cumplir la larga lista de promesas y compromisos que compartió en su toma de posesión, en lo que uno espera será su último discurso de campaña. Antes, sin embargo, tiene una crisis que atender: el éxodo centroamericano en México y sus consecuencias, sobre todo en las dos zonas fronterizas del País.

En las primeras horas del nuevo gobierno, el Canciller Marcelo Ebrard dio a conocer la firma del Plan de Desarrollo Integral con Guatemala, Honduras y El Salvador. Habrá que ver qué papel jugará el gobierno de Donald Trump, a cuyos representantes López Obrador trató con pomposa deferencia el sábado. ¿Cuánto dinero está dispuesto a comprometer Trump, un presidente poco propenso a pensar el mundo con generosidad? ¿Qué concedió México a cambio? El plan de Ebrard enfrenta, además, una implementación compleja. Habrá que garantizar, por ejemplo, la total transparencia de los recursos en el “triángulo norte” centroamericano, donde la corrupción es un pantano. Pero antes que pensar en grandes planes regionales, el nuevo gobierno de México debe atender la tragedia que ocurre en Tijuana.

Llegué a Tijuana el lunes de la semana pasada cuando habían pasado apenas unas horas del rabioso enfrentamiento de la patrulla fronteriza con el grupo de centroamericanos. Encontré una situación inadmisible, inhumana y, sobre todo, insostenible.

El deportivo Benito Juárez al norte de la ciudad, donde miles de miembros de la caravana se han asilado, era una escena dantesca. 

En el campo de beisbol dormían miles de personas en tiendas de campaña maltrechas y arrumbadas. Otros tenían menos fortuna. Cientos de familias tuvieron que construirse pequeños refugios con mantas, sábanas o bolsas de plástico que colgaban de las bardas, los árboles o de pequeñas rejas. Cerca de la entrada, un grupo de centroamericanos ensambló una decena de minúsculas chozas con ramas, cartón y plástico. Otros más dormían bajo los arbustos.

La insalubridad era aberrante. El gobierno municipal instaló medio centenar de sanitarios portátiles y quizá una treintena de regaderas al aire libre. Eran insuficientes, incómodos y degradantes. Los niños, de los que hay cientos y cientos, mantenían el entusiasmo milagrosamente, mientras jugaban en una estructura metálica al centro del lugar.

Algunos, los menos, prefirieron comenzar a tramitar su regreso voluntario a Centroamérica. Encontré varias personas dispuestas a trabajar. Saben, sin embargo, que no les será fácil conseguir empleo: muchos viajan sin papeles. Aun así, lo han intentado. Norma, una hondureña que viaja con su hijo, me contó que visitó el centro de Tijuana para pedir empleo de limpieza o en cocina. Una mujer con la que habló le recomendó que mejor comprara alguna ropa aceptable y se parara en las calles de la ciudad. “‘Por 15 minutos, te dan 200 dólares’. ¡Así me dijo!”, me compartió entre lágrimas.

En ciertas zonas del campamento, el hedor era insoportable. Detrás de las gradas del campo de beisbol gente dormía junto a cestos de ropa enlodada junto a bolsas de basura junto a charcos de aguas negras.

¿Qué hará el gobierno lopezobradorista? Lo primero que Tijuana necesita son recursos. Muchos y de inmediato, sin escatimar. Si la situación escala –y para ello sólo se necesita una tragedia, un acto de violencia, un brote de enfermedad– la ciudad puede convertirse en el escenario de una tragedia que ni siquiera imaginamos. No hay soluciones fáciles. La migración centroamericana no comenzó con este grupo de inmigrantes ni se terminará por decreto. La suerte de “plan Marshall” que impulsa Ebrard es, insisto, una buena idea de complicada implementación. Pero, sobre todo, tardará años, tiempo que no tiene ni Tijuana, ni sus residentes ni los miles de refugiados que esperan ahí. Las cosas empeorarían si se confirma el polémico acuerdo migratorio entre Trump y López Obrador, que aparentemente incluye la notable e inédita concesión de permitir que los centroamericanos esperen en México mientras se procesa su solicitud de refugio en Estados Unidos. Si así ocurre, Tijuana y otros sitios de México se convertirían, por meses o años, en sedes semipermanentes de enormes comunidades sin acceso a cuidados de salud, sin ropa, sin comida, sin empleo y sin nada que perder. Será la gran oportunidad de demostrar que México puede integrar y ayudar a gente que escapa del infierno, que somos capaces de tratar a los inmigrantes con la dignidad que tantas veces se les niega en Estados Unidos. Pero hay también la posibilidad de lo contrario. Si México, su gobierno y los mexicanos no están a la altura del reto y ceden no sólo a la ineficiencia sino, mucho peor, a sus peores pulsiones nativistas, el resultado será una tragedia que nos exhibirá frente al mundo y hará las delicias de Donald Trump.

El presidente de México ya se llama Andrés Manuel López Obrador. Hora de tomar decisiones.

@LeonKrauzeLeón 
Krauze