Lecciones después de un campamento de verano

Hace tiempo que no me paseaba por las páginas de 360. ¡Les pido disculpas! Lo que pasa es que estuve totalmente desconectado del mundo real y virtual. ¿Que dónde estaba? Me encerré en Teotepec, ahí en la Carbonera, en un campamento de verano con 170 niños de entre 9 y 13 años. Fue una experiencia maravillosa y refrescante. Además de disfrutar de cada una de las actividades con ellos durante esos días en medio del hermoso paraje, pude volver a comprobar que los niños llegan a ser maestros de vida con sus comentarios y acciones cargados de inocencia. Al final regresé con muchas lecciones a mis espaldas de las que quisiera ahora, si me permiten, compartir tres con todos ustedes; aquellas que me parecieron especialmente emocionantes.

 

1. La sencillez:

 

Santiago, el niño más pequeño del campamento, nos conquistó a todos desde el primer día. Atento, alegre, entusiasta, educado. Muchos contaron, al final de los trece días, experiencias vividas con él. A mí me tocó ver una que me llamó mucho la atención. Un día, una de las muchachas que fungían como guías de los equipos, estaba particularmente cansada; y se le notaba a leguas. Santi la vio a lo lejos. Se le acercó y le preguntó: “¿Por qué estás triste? ¿Qué te pasa?”. La muchacha le sonrió y le dijo que estaba bien. “¡No, no estás bien! Te veo triste”. Y, ni corto ni perezoso, le dio un abrazo. Una vez que se separó de la joven, Santi le dijo con una sonrisa: “Sonríe un poco, que te ves mejor con una sonrisa”. Y se alejó corriendo.

Un niño de nueve años que sabe cómo responder a la vida. A mí me hizo pensar cómo afronto mis problemas cotidianos y si lo hago con una sonrisa. Me encantaría tener la mitad de aquella que dibuja el rostro de Santi…

 

2. Amistad:

 

Los peores días del campamento son siempre el cuarto, el quinto y el sexto. Los tenemos ya calendarizados como “días con mamitis”. Es algo curioso. Empiezan entusiasmados los primeros tres días pero, al llegar el día número cuatro, a los niños se les enciende una especie de alarma, como si tuviesen un chip instalado y recuerdan que llevan cuatro días sin ver a sus padres. Y desde ese momento todo les duele: la cabeza, el estómago, el diente, … incluso el riñón, como me dijo un niño una vez.

Y en estos momentos de especial dificultad para mis pequeños profesores, salen a relucir muchas de sus mejores cualidades. Uno me vino llorando por el típico dolor de cabeza y hablé rápidamente con él, sin darle mucha importancia. A los pocos minutos, otro vino con el dolor de estómago más grande que ningún ser humano haya podido tener en el planeta. Pero cuando iba a empezar a hablarle, el del dolor de cabeza se le acercó y le dijo: “Oye, yo sé lo que te pasa. extrañas a tus papás, ¿verdad? Es lo mismo que me pasa a mí. Vamos a jugar y verás cómo se nos quita todo”. Ese día le daba a ese niño el título de medicina y le erigía un monumento al amigo que sabe estar ahí incluso cuando uno se siente fatal.

 

 

3. Fe:

 

El trato de los niños con Dios es una lección continua. Podría pasar el día contando anécdotas y anécdotas. Me permito sólo dos que pueden ilustrar mucho.

Número 1: tuvimos durante el campamento la gracia de tener el Santísimo acompañándonos en nuestra capillita. ¡Y la Misa todos los días! Varias veces pasábamos por ahí. Un muchacho de Dallas de trece años, Sean, pasaba todos los días más de diez minutos de rodillas delante de la Eucaristía. Me entró curiosidad y fui a preguntarle qué tanto hablaba con Cristo. Su respuesta fue inmediata: “Le cuento cómo ha estado el día: mis alegrías y lo que me cuesta. Y pido mucho por todos”. De hecho, un día se me acercó y me dijo emocionado: “Hoy le hablé a Jesús de usted, Padre. ¡Le dije que lo cuidara mucho!”. ¡Qué quieren que les diga!: me sentí muy protegido ese día, gracias a la oración de intercesión de mi amigo Sean.

 

Número 2: Como dije, todos los días teníamos la Misa. Y en cada una de ellas, los niños nos suplicaban ser acólitos y ayudar al Padre. Era una ilusión enorme para ellos, como me dijo uno un día, “estar cerca de Jesús!”.

 

Pero la mejor lección me llegó de una niña, María. Una tarde, antes de la misa, me miró con esos ojos inquisidores que muchas veces ponen los niños y me preguntó: “¿Qué se siente ser sacerdote, padre?”. Yo respondí con la verdad: es una gran responsabilidad y una alegría enorme, pues das a las personas lo más importante que es a Cristo mismo. Mi interrogadora no se dio por vencida y volvió a la carga: “Pero, ¿se da cuenta de lo que es tener a Jesús en sus manos, padre? Es que debe ser una cosa muy fuerte…”. ¡Fue una bofetada de guante blanco! Y claro que me doy cuenta… pero es que por un momento quise tener los ojos de María y mirar con ellos la Eucaristía cuando la tuviese en mis manos después de la consagración en la Misa.

 

A modo de conclusión

 

Decía al inicio de estas líneas que durante esos días me encontraba fuera del mundo real. Les pido disculpas por haberles engañado. En realidad, estuve viviendo en el mundo real; ése que todos quisiéramos tener y con el cual los niños de hoy sueñan. Y aunque uno acaba agotado después de esas dos semanas, tengo que decir que ya echo de menos a mis pequeños y queridos profesores.