A Jorge Oyarzabal Aguirre y familia, con eterno cariño

Dice la gente que todo, eventualmente, termina: lo que sube tiene que bajar, lo que se enciende se debe apagar. Lo que vive, después de un tiempo, morirá. Y asociamos muerte con dolor, desesperación, ira, olvido y sufrimiento, pues no concebimos el hecho de ser arrebatados de alguien que estuvo siempre. No concebimos cómo el ciclo de la vida pretende alejarnos, de un momento a otro, de una presencia que, como siempre afirmamos, “no tenía por qué morir”.

Estamos tan conectados los unos con los otros que cuando alguien desaparece, quizás, de este mundo, un pedazo de nosotros desaparece junto con ellos. Y todos los lugares donde solía estar ese ser querido son ahora sagrados; y cada segundo es eterno, cada esencia un recuerdo. Cada recuerdo un tesoro que quisiéramos dejar en pausa para que nunca cesara de ser. Sin embargo, no sabemos dejar ir. Nadie nos ha enseñado nada de eso, pues siempre existe la esperanza de una cura, de un latido, de vencer a esa muerte que le tenemos tanto odio y aborrecimiento por su atrevimiento sin previo aviso ni motivo establecido.

Esa novia de negro que no se detiene para nadie, dejando pendientes tantos planes, tanto futuro, tanta vida de por medio. Entonces, nos aferramos a la memoria y a un pasado que no puede regresar, pues pensamos que solo así se alivia el dolor y sana, de a poco, la herida. Y nos consumimos lentamente, pensando que dejar ir es sinónimo de olvidar. Pero, querido lector, estamos gravemente equivocados. Póngase cómodo, que me he robado ya un buen rato de su atención. Dejar ir no es olvidar, no se acerca ni un poco; así como morir tampoco significa dejar de existir.

Medite un poco al respecto y se dará cuenta de ello, pues todos tenemos personas a las que hemos decidido no frecuentar más, creándoles un espacio en el olvido. Todos hemos visto a alguien que está muerto en vida, aunque posee las condiciones perfectas para vivirla. Todos hemos tenido aquel ser humano que nunca nos tomamos el tiempo de conocer y que, por increíble que parezca, compartía con nosotros una de las paredes del hogar. Aquí uno se da cuenta que las distancias no existen, pues a veces tres kilómetros, dos minutos o un mensaje pueden ser tan lejanos que ha dejado de valer la pena (o la alegría) esperarlos, incluso tratar de alcanzarlos.

Hace poco escuché una frase de donde, en parte, nació este artículo: “Si prestas atención, nada está muerto del todo”. Yo les pregunto, ¿quién dice que una rosa marchita ha muerto y deja de ser bella? ¿Quién afirma que, a quien muere, hay que sufrirle hasta dejarnos morir nosotros? ¿Quién sostiene que solamente el cuerpo hace la presencia? ¿Dónde dice que dejar ir es olvidar y morir dejar de existir? Es doloroso saber que no volveremos a ver al ser más querido, pero, les repito, ¿de cuántas personas, aún vivas, hemos dejado de preocuparnos por su existencia? No tenemos idea que dejar ir es el acto de soltar algo para que se convierta en uno con el todo y, así, poder disfrutar de ello en todo lo que veamos y hagamos.

No tengamos miedo a soltar o a soltarnos, pues el olvido es una decisión, y alguien a quien se le observa en el movimiento de los árboles, en la sabiduría de un libro o en la sensación de un abrazo, jamás podrá ser olvidado. Así mismo, quien muere no deja de existir, pues la eternidad no yace en la infinidad ni en la utópica inmortalidad. La eternidad, mis amados lectores, yace en inevitable recuerdo, en la risa y en los ojos que, en algún lugar, dimensión o paraíso, volverán a abrirse para cerrarse jamás.