“Para Vicente Rojo, ser humano irrepetible. En su dolor”.

La muerte es un viaje del cual nunca se regresa. De ahí su misterio, de ahí el temor de quien parte sin retorno y el dolor de los deudos. A todos atemorizan los viajes sin vuelta. El deceso de los seres queridos es un poco, o un mucho, el adiós de espacios, vivencias y amores construidos con las manos del finado y las de las personas cercanas. El último adiós es diferente para quienes limitan su existencia a la Tierra. Si el “más allá” no existe, la muerte es absoluta. Si el ateísmo es la creencia de los no creyentes en Dios, la muerte significa final. Nada, salvo la nada, aguarda al cadáver; nada, salvo el imposible infinito, queda tras la muerte. En esa cruda realidad subyacen el dolor de los deudos y las dificultades del último adiós.

La fe mitiga el sufrimiento. Afortunados quienes la tienen. Preguntar poco y entregarse a los designios de Dios atenúa la idea del vacío. La razón es simple: Dios no admite el vacío –eso profesan los creyentes–. En ese discurso, en la idea de la acogida celestial, estriban la fe y las razones de los creyentes. Quienes carecen de ella deben confrontar la muerte con otras herramientas. Afrontar el vacío como destino es el reto.
Blas Pascal provoca: “incomprensible que exista Dios e incomprensible que no exista”. La frase de Pascal no admite una respuesta unívoca: todo es posible; erróneo, desde la razón, responder sí, responder no. Lo incomprensible supera a la razón: no hay elementos para explicar el postulado del matemático y escritor francés.

Situaciones igualmente complejas suceden con la muerte cuando no se es creyente: si no hay nada después del final, ¿qué pasa con el cuerpo, con el alma, con las historias del finado, con lo edificado y/o borrado con las mismas manos? Siguiendo a Pascal, podría decirse, cuando finaliza la travesía del ser querido en la tierra, “Comprensible la vida, incomprensible que tras ella nada permanezca”. Tras la muerte, los no creyentes lidian con una situación compleja: el vacío como destino. Lidiar con el final, a pesar de la cruda certidumbre de la nada, es necesario.

Para quienes tienen la suerte de pensar en su muerte, morir en el siglo XXI resulta más complejo que antaño. La tecnología médica prolonga, muchas veces innecesariamente, vidas sin vida. Reflexionar en la propia muerte y en la eutanasia es privilegio de las clases adineradas. Cavilar en la eutanasia es un indicador, aunque no aparezca en los nauseabundos índices económicos, de la clase social de las personas. Los ricos pueden cavilar en cómo morir; los pobres piensan en cómo resolver el presente.

Escuchar es necesario. Hans Küng, ejemplo de coherencia y dignidad, observa lo que la tecnología y el mundo de la inmediatez velan. En “Una muerte feliz” (Trotta, 2016), Küng, a los 88 años, retoma su idea esbozada en sus memorias, “Humanidad vivida” (Trotta, 2014), sobre la validez y el derecho a la eutanasia. “Me gustaría morir consciente y despedirme digna y humanamente de mis seres queridos. Morir feliz para mí significa una muerte sin nostalgia, ni dolor por la despedida, sino una muerte con una completa conformidad, una profundísima satisfacción y paz interior”.

Leo a Küng: morir como ser humano investido de dignidad, hacerlo cuando sea el momento preciso, tomar las riendas del final y no atenerse a dictados médicos o religiosos. Ser yo hasta el final. Las palabras de Küng, teólogo espléndido, a quien le retiraron la licencia eclesiástica por cuestionar la infalibilidad del Papa, permiten comprender y aceptar con otra mirada el dolor del vacío tras la muerte de los seres queridos.

Bueno sería cuestionar algunas acciones de la medicina moderna. La tecnología biomédica permite mitigar muchos síntomas de la muerte, pero, al hacerlo, priva a enfermo y a familiares vivir la experiencia de su propia muerte. Mitigar el dolor y aliviar el sufrimiento físico y anímico es indispensable. No lo es evitar los diálogos finales, con uno mismo, con sus seres queridos. Morir con dignidad y arropado por los seres queridos es un privilegio. Privilegio que facilita comprender los sinsabores de los viajes sin regreso. La muerte nunca es problema del finado. El tiempo de la muerte se entiende mejor cuando se camina al lado del moribundo.

Notas insomnes. “Debemos hablarnos todo lo que podamos. Cuando uno de nosotros muera, habrá cosas de las que el otro nunca podrá hablar con nadie más”, la frase se ha atribuido tanto a Matisse como a Picasso.