En abril 29 de 2017, The Economist, prestigiada revista británica, provocó a los lectores: “How life ends. Death is inevitable. A bad death is not” (“Cómo finaliza la vida. Morir es inevitable, morir mal no lo es”). El título y el tema estimulan. Las ideas, inagotables y cambiantes sobre el asunto, merecen reflexionar. Morir con dignidad no es cuestión política ni religiosa. Es brete humano. Sus actores, médicos e individuos tienen la obligación de modificar las leyes vigentes respecto al suicidio médicamente asistido. En temas ríspidos, los profesionales de la salud se mueven con lentitud; en cambio, la sociedad, sobre todo la que aglutina a libres pensadores, lo hace mejor. Sobran motivos para exigir.

En los últimos cinco años se calcula que el número de decesos a nivel mundial osciló entre 55 y 57 millones por año. Millones de defunciones ocurren en países pobres; en estos casos, la mayoría de las veces, cavilar acerca del final de la vida es menos frecuente que en aquellos segmentos poblacionales privilegiados desde el punto de vista económico, donde es “más” factible reflexionar sobre “cómo y cuándo morir”. Los avances de la tecnología, positivos y negativos, deben sopesarse: prolongar vidas sin sentido es incorrecto. Morir con dignidad es una opción válida.

Los editores de la revista resaltan varias razones. Reproduzco algunas, “A finales de la década de 1990 la mitad de los decesos a nivel mundial se debían a procesos crónicos; en 2015 la tasa se elevó: dos terceras partes morían por complicaciones de enfermedades crónicas; en la actualidad, en países ricos, más del 65 por ciento de las defunciones ocurren en hospitales; a menudo las muertes sobrevienen después de gran cantidad de tratamientos, algunos “heroicos”. Casi la tercera parte de los estadounidenses mayores de 65 años pasan algún tiempo en unidades de terapia intensiva durante los últimos tres meses de vida y una quinta parte es sometido a un procedimiento quirúrgico el último mes. La realidad es demoledora: porcentajes significativos de la población viven mal su vejez, no les resulta fácil morir y, en lugar de fallecer acompañados, en casa, la muerte sobreviene en soledad.

Morir con dignidad es un derecho. El ejercicio médico debe cambiar. Múltiples argumentos sostienen esa posibilidad. La autonomía de las personas ha ganado terreno. Documentos como el testamento vital, también llamado instrucciones anticipadas, le facilitan a la persona acceder o no a determinados tratamientos médicos; asimismo, dicha autonomía permite juzgar la utilidad o la inutilidad de incontables maniobras médicas así como las bonanzas o tragedias de las unidades de terapia intensiva que en ocasiones prolongan la muerte y no la vida. Imposible soslayar el incremento en los gastos económicos en los últimos meses de vida que desangran a  familias y a sistemas de salud.

Vivimos sometidos a una cultura médica donde los excesos predominan. Si bien se habla de “medicalización de la vida”, es también prudente hablar de “medicalización de la muerte”. La primera impone una serie de directrices, muchas sin comprobación científica, todas dotadas de dosis variables de charlatanerismo encaminadas a detener el proceso de envejecimiento y a vivir una vida plena libre de dolor y sufrimiento. La segunda, la “medicalización de la muerte”, busca, sin sustento filosófico, prolongar la vida a pesar de la certidumbre del fracaso de las medidas terapéuticas y de la certeza del final.

En The Economist discuten el tema con sensibilidad: “Los pacientes que mueren en el hospital padecen más dolor, estrés y más depresión cuando se les compara con pacientes que fallecen en casa. Los familiares de los primeros sufren episodios postraumáticos severos y cuadros prolongados de duelo”. Dicha idea es veraz: la soledad de los moribundos en hospitales es, sobre todo en las sociedades occidentales, problema serio. Si a los enfermos no se les ofrecen los mecanismos para interrumpir sus tratamientos, lo que se prolonga no es la vida sino la muerte. Morir es inevitable, morir mal no lo es.