La danza, como acompañante en el devenir histórico de la humanidad, ha compartido escenario en las más importantes transformaciones sociales, políticas y por supuesto artísticas.

“La Fille mal Gardée”, el primer gran ballet completo, en el que Jean Dauberval, en pleno 1789, saca el Ballet de los palacios y la monarquía, exponiendo la vida en el campo y las clases sociales, desde los labradores, la viuda terrateniente hasta la burguesía, con el rico propietario del que buscan adquirir la dote, incluso alcanza a plasmar en una escena el paso del ejército ataviado con armas y tambores, (aún sin conocer que 13 días después del estreno del ballet en Bourdeos, Francia, la toma de la Bastilla en París desencadenaría la Revolución Francesa).

En nuestro país la danza tampoco estuvo separada de la lucha revolucionaria, en voz de Margarita Tortajada, del Centro Nacional de Investigación, Documentación  e Información de la Danza José Limón: “la Revolución mexicana cambió el rostro del país, del arte y la cultura. Los escenarios se llenaron de su espíritu y fueron un espacio donde se concretó a través de temáticas, personajes, danza, música y los vestuarios. La lucha armada que buscaba la transformación removió el imaginario social y el concepto de nación” .

Y así, desde las soldaderas, la rielera, Juana Gallo, Marieta, y los más variados corridos y personajes, la música y la danza acompañaban junto al aguardiente, a los caudillos que habían abandonado sus casas de adobe y las tierras que trabajaban sin recibir mayor retribución que la deuda que adquirían en las tiendas de raya, propiedad de los latifundistas quienes al estilo de los señores feudales poseían a sus siervos cual esclavos.

El arte en México heredó el espíritu revolucionario que dio origen al surgimiento de uno de sus más gloriosos períodos: el Nacionalismo, que impregnó la plástica, la música la literatura, el teatro, y por supuesto, la danza.

Con el triunfo de la Revolución y José Vasconcelos al frente de la Secretaría de Educación, promoviendo el renacimiento de México a través del arte y la cultura, desde las instituciones oficiales,  se difundió la gimnasia rítmica en las escuelas públicas, como una forma de crear la plástica del bailarín y el vigor de los cuerpos. La nueva danza mexicana exigía profesionalización, y desde el Departamento de Bellas Artes, bajo la dirección de Carlos Mérida y con la colaboración de Amelia Acosta y las hermanas Nellie y Gloria Campobello, se crea la primera escuela oficial de danza.

Con los montajes conmemorativos a la Revolución: “30-30” un ballet de masas compuesto de tres cuadros: “Revolución”, “Siembra” y “Liberación” en el que Nellie, (reconocida también por ser una de las primeras y únicas mujeres en escribir sobre la lucha revolucionaria, quien viviera su infancia muy de cerca junto a su madre que apoyaba la causa y admiraba a Pancho Villa). Se convertía en la virgen roja descalza que invita al pueblo a levantarse en armas, y que finaliza con una polea, una hoz y un martillo formada por campesinos, obreros y soldados entonando “La internacional”. Repuesta en 1935 para presentarse  en el Estadio Nacional ante el presidente Lázaro Cárdenas, con más de mil bailarines, escuelas, coros y bandas musicales exaltando la Revolución.

Por otra parte, la danza en sí misma también ha experimentado grandes transformaciones, desde los primitivos rituales hasta la corte, la ópera, el escenario, la escuela. Las grandes figuras que revolucionaron en su tiempo la ejecución, los argumentos, vestuarios y decorados: Jean George Noverre, que en el siglo XVIII reformara con sus “Cartas sobre la Danza y los Ballets” la forma de hacer danza escénica hasta entonces, o María Camargo, que se atrevió a acortar los vestidos y dejar ver sus tobillos (una práctica inmoral en esos tiempos) para mostrar los primeros saltos entrelazados de la historia, el romanticismo, el clacisismo, hasta la figura de Isadora Duncan que se despojó de los tutús y las puntas, se soltó el cabello y descalza con una túnica transparente se atrevió a romper lo que hasta entonces era considerado “bello”.

La danza es en sí misma revolucionaria, porque transforma, inquieta, porque mueve el alma y la razón, el artista es por su naturaleza un luchador, cuyo talento es el arma que moviliza conciencias, a favor de la libertad, la igualdad y la fraternidad.