Adam Smith fue un filósofo y economista escocés del siglo 18. Hay dos obras principales del Sr. Smith: “La Teoría de los Sentimientos Morales” (1759) y “La Riqueza de las Naciones” (1776). Es probablemente en estos tiempos, en los que diversos factores (Trump, NAFTA 2.0, 4T, AMLO) nos generan una incómoda incertidumbre, que puede convenir voltear hacia algunas de las ideas y principios que hicieron famoso a Adam Smith –considerado el padre de la economía moderna– hace 250 años.

Smith habló de la “mano invisible” del mercado, en la que planteaba que una economía puede funcionar bien y se autorregula en un ambiente de libre mercado, en el que cada persona se esfuerce o trabaje por interés propio. Esta autorregulación, llevada al extremo, implica que el Gobierno no se entrometa y que la oferta y la demanda de bienes y servicios se deje a las personas y las empresas. Obviamente, se ha demostrado que esta teoría no es del todo acertada y no siempre es válida en cualquier lugar. Sin embargo, nos hace pensar en qué tanto Gobierno y qué tanta y qué tipo de regulación es apropiada. La receta no es única ni estática, incluso Smith sostiene que el Gobierno es necesario y señala tres funciones fundamentales de éste: la defensa nacional, la administración de la justicia y proveer ciertos bienes y servicios públicos necesarios (infraestructura). En resumen, si Adam Smith resucitara en México probablemente se volvería a morir. El Gobierno mexicano, en sus tres poderes y tres niveles, se ha convertido en un pulpo de mil tentáculos que, sin incentivos claros, ahoga la iniciativa del individuo y de las empresas. Se ha vuelto un barril sin fondo y sin métricos apropiados de productividad.

La primera gran acción que un Gobierno preocupado por su gente puede implementar es el estorbar menos. Dicen por ahí que mucho ayuda el que poco estorba. Hay ejemplos a escala limitada, como el del municipio de San Pedro Garza García en Nuevo León, a cargo de un alcalde independiente (Miguel Treviño), en el que han reducido los trámites en un 25 por ciento. A nivel nacional o federal los ejemplos son escasos. Estamos plagados de buenas intenciones, pero a los gobernantes –especialmente a los que nunca han trabajado fuera del Gobierno– les gusta el Gobierno gordo, estorboso y poderoso. Secretamente se alimentan de saber que existen filas interminables de ciudadanos realizando trámites. Hablar de procuración e impartición de justicia es demasiado pedir. Somos adictos, aunque no lo creamos, a un Gobierno todopoderoso. Eso debe cambiar, regresando los recursos al individuo y al empresario, quienes generalmente les darán mejor uso. Es positivo ver que el gobierno actual, con todas sus fallas y polémicas, y considerando que es de izquierda, no ha mostrado inquietud por aumentar impuestos e incluso parece estar adelgazando el tamaño y el costo de la administración. Sin embargo, no envía una señal clara de que son los empresarios –de todos tamaños– y no el gobierno el verdadero motor de un País. Si la mano no es invisible, necesitamos que por lo menos dicha mano empuje abiertamente al País en la dirección correcta. Y no es sólo la mano la que puede ayudar. Es también la lengua de quien gobierna la que puede generar y promover condiciones más favorables en lugar de incertidumbre. Aquí la 4T y AMLO nos salen a deber con los constantes autogoles verbales.

Recordemos también, en estos tiempos de Twitter y redes sociales agresivas, que Adam Smith sostenía que los individuos tenemos una simpatía natural y desinteresada por los demás. Que el éxito de otro nos causa felicidad porque somos capaces de la simpatía. Es decir, somos capaces de ponernos en los zapatos del otro. ¿Estaría equivocado el Sr. Smith?

@josedenigris

josedenigris@yahoo.com