De sembrar un árbol, tener un hijo y escribir un libro, lo más difícil es sin duda la creación de una obra escrita.

Ya las guerreras, luchonas y cabronas muy ofendidas han de estar pegando de alaridos, ponderando la maternidad como la prueba máxima que la vida nos depara, pero permítanme contradecirlas, señoras: el parto literario es más difícil que el alumbramiento de siameses atravesados con dos cabezas.

Créanme, queridas matronas, el último reto es la redacción de una obra coherente y relevante, que merezca la pena el sacrificio de los árboles inmolados en su hechura y cuyo discurso trascienda la vida de nuestro hijo más longevo.

Porque llenar páginas a lo pendejo cualquiera. Pongamos por ejemplo al engominado Jefe del Ejecutivo Nacional, al Presidente del Canal de las Estrellas, a mi tocayo incómodo, el Licenciado Enrique Peña Nieto (Peña por parte de padre y Nieto por parte de abuela), quien figura como autor de un sesudo volumen titulado “México La Gran Esperanza. Un Estado Eficaz para una Democracia de Resultados”, en el que nos comparte su notable visión como estadista.

Se dice que el primer borrador que entregó a la editorial se intitulaba “Megico La Garn Esperasna” y eran dos cuartillas escritas a lápiz cuyos traductores aseguran eran fragmentos de una monografía de mercería y la letra de la canción “México” de la Banda Timbiriche.

La verdad es que el escarnio al que se ha hecho acreedor el Primer Copete de la Nación no es gratuito ni proviene todo del encono político, sino que lo ha ganado a pulso luego de dar reiteradas muestras de ignorancia supina y galopante. Ya lo de menos es no poder citar un libro con su respectivo autor (Dios no cuenta) en un evento consagrado a la lectura. EPN es incapaz de responder de forma articulada o consistente al cuestionamiento más sencillo que se le formule.

No obstante, es menester el hacer pasar por intelectual al más ignaro de nuestros “servidores”, no sólo para imprimirle algo de autoridad a su ejercicio sino para que ellos mismo se validen y se sientan menos insignificantes calzándose unos zapatos que simplemente les resulta imposible de llenar.

Recuerdo a nuestro exgobernador, el célebre de Forbes, Humberto “Mancharon mi Honor” Moreira, en el apogeo de su imperio, atribuyéndose una concienzuda investigación documental que develaba una presunta aproximación más exacta a la imagen (rostro, fisonomía) del Padre de la Patria, el Cura Hidalgo. Se le llenaba su bocaza diciendo a los reporteros lisonjeros  “no olviden que soy historiador y que esto es lo que hago en mis ratos libres”, con la misma soltura con que El Santo afirmaba que además de luchar los fines de semana en el cuadrilátero, peleaba de lunes a jueves contra vampiros y mujeres-lobo.

Pero de alguien que no sabía escupir otra cosa que no fueran ordinarieces, que profesaba un culto por todo lo ramplón y lo chabacano y alguien cuya gestión y antecedentes lo retratan como un individuo muy pedestre, me cuesta demasiado creerle que en sus pasiones se cuente una disciplina tan elevada como el estudio de la Historia. Es, como decimos, posible pero muy improbable.

Le apuesto más al desesperado afán de querer pasar por inteligente, profundo y trascendental que acomete a quienes llegan a la cima ahorrándose el esfuerzo del ascenso, pero una vez arriba descubren que no pueden con su complejo de inferioridad.

En 2010, en un evento privado, el Gobernador en ciernes, Rubén Moreira Valdez, presentó un libro escrito o al menos firmado por él, una colección de sus mejores artículos periodísticos (¿?) publicados en incontables diarios (¿?) a lo largo y ancho del territorio nacional.

“Mucho Más Temprano que Tarde” es el enigmático nombre de este ejemplar que tiene la inconfundible impronta de la batería editorial oficial de la capital coahuilense.

De acuerdo con la información de sus solapas, el actual mandatario coahuilense, era tan publicado y leído en México como el difunto Germán Dehesa, y dueño de una trayectoria periodística que por sí misma le otorgaría un nombre paralelo a su actividad política.

Lo chistoso es que quienes tenemos años leyendo periódicos, o hemos estado vinculados con este oficio, no nos hayamos percatado jamás de que frente a nuestras narices teníamos una pluma tan notable y fecunda.

Más extraño resulta que sea virtualmente imposible rastrear los textos de este compendio, como si jamás hubieran sido publicados, o hubiesen sido escritos exprofeso para editar esta obra con el puro afán de pulir la imagen de su “autor”.

Contrario a lo que podría pensarse, este ejemplar no se cacareó ni es al día de hoy una lectura obligada para nuestros jóvenes en edad escolar. Todo lo contrario, se esfumó. No existe prácticamente referencia de esta obra en toda la red, apenas la crónica del columnista Carlos  Manuel Valdés de aquella presentación, ante menos de un centenar de personas, que fue el único propósito para el que sirvió este libro.

Pero si rastrear los orígenes periodísticos de la obra de RMV es complicado, mucho más arduo es conseguir un ejemplar. Parece que sólo hay uno en el mítico Cementerio de los Libros Olvidados (del de Peña Nieto en cambio sí hay, lo encuentra por Amazon y cuesta poco más de dos dólares, lo que me hace sospechar que por eso depreció nuestra moneda, para engrosar sus ganancias como autor).

De “Mucho Más Temprano que Tarde” en todo mi derecho estoy a cuestionar su dudosa autoría, cuyo estilo prestado corresponde al perfil de nuestros políticos, hambrientos siempre de legitimación intelectual.

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