“Su Majestad”, el ruido. Por todas partes y a cualquier hora. Si es el teléfono celular, a cada grupo o a cada persona, en nuestros contactos, le asignamos un tipo de sonido particular. Nos movemos inmediatamente en cuanto escuchamos la melodía especial y sabemos a quién corresponde para atender el llamado. Nos pone nervioso aquella otra llamada que estábamos esperando por alguna razón o en estado de angustia ansiamos aparezca el característico sonido de la notificación que no ha llegado aún: Drop, Grotto, Hello, Interrogation, Sign, Somewhere, Upshot, y más, todas ellas escritas en el celular así, en idioma inglés.
Ruido y más ruido. Así lo proponen los amantes de la música cuando invitan a una tocada. Cuando planean una reunión que sea amenizada con guitarra eléctrica, saxofón, corneta, batería. Así ocurre en las casas cuando sus dueños arrancan un festejo con bocinas al aire libre, sin consideración por la paz y tranquilidad de los vecinos.

Ruido a todas horas en el tráfico de la ciudad: los automovilistas que desde el confort de su carro aplican a diestra y siniestra el cláxon cuando se sienten molestos en medio de un congestionamiento o cuando se creen los dioses del pavimento presionando a cualquiera que se tope en su privilegiado camino, hecho para ellos mismos y nada más para ellos.

El ruido que sale de las bocinas de algún comercio que no se entera que hay disposiciones que regulan uso máximo de decibeles en la ciudad. Ruido en el carro, de aquellos que bajan las ventanas y muestran al mundo la afición a un cantante de cabecera, que mientras más vocifere, mejor.

El ruido que agobia e impide la comunicación. El estridente escándalo musical que obliga a cooperar con el propio ruido que se genera al tratar de hablar, pero que al no lograrlo, obliga a comunicarse a gritos.

En la sociedad del consumo pareciera que el ruido es la forma más preciada para agotar los sentidos, para cansarlos y para, entonces, en medio del fastidio, obligarse a tomar un poco de alivio adquiriendo lo que no se necesita adquirir o consumiendo lo que no se necesita consumir.

“Su Majestad” el ruido. La temporada navideña será el pretexto ideal para escuchar hasta el infinito los mismos villancicos en una repetición agotadora. Como bien dice un amigo: con el hartazgo sonoro de los villancicos hasta dan ganas de volverse mahometanos. Si bien la elección entre millones de piezas da para mucho, en lugar de ello escucharemos el repertorio de cinco o diez en una jornada de una hora, y así podría ser todo el día si permanecemos en los establecimientos durante un turno completo.

¿Amantes del ruido? Amante esta generación del ruido que nos impide pensar en problemas, atentos como estamos al espejismo de una modernidad en la que esto resulta indispensable para sentirnos parte de un fabuloso mundo feliz. El mundo feliz de la uniformidad, de la masa que no distingue particularidades ni acepta características diferentes. El mundo feliz que anticipó tan bien Aldous Huxley, pero sonorizado hasta el sangrado de los tímpanos.

El ruido que ¿ha llegado para quedarse? ¡Ay!, las opciones para librarse de él son tan pocas en medio de la ciudad. Enemigo de la serenidad indispensable para la concentración, el ruido acabará por enajenarnos, volvernos autómatas dotados con un par de audífonos, pues se diría que el estruendo circundante no es suficiente y requerimos un ruido personal que nos acompañe en nuestros paseos, en nuestro deambular por las calles e incluso en nuestros momentos de ocio.

En varias ocasiones las autoridades han anunciado que se aplicarán multas a quienes ensordezcan a sus congéneres, pero según se ve, o se oye, hasta ahora todo eso ha quedado en buenas intenciones.

Cosas de la modernidad: decibeles a todo lo alto y un muy poco recogimiento personal. Intentamos contagiarnos de la energía que flota en el ambiente en un mundo paradójicamente cada vez más lleno de soledades. “Epidemia de tristeza”, diría Joaquín Sabina.