“Una muerte bella honra toda una vida”.

Francesco Petrarca

La muerte es una casa, una casa universal, un destino absoluto. Todos cabemos en ella. Todos somos de ella. No discrimina. Sus paredes, más altas que la Tierra, y sus techos, más lejanos que el Universo, son albergue de todos y de todo. La muerte ni se agota ni descansa. Carece de horario, no rinde cuentas, nunca miente y nunca termina. El tiempo inmemorial lo sabe. La insuficiencia del vivir lo corrobora.

Ya lo dije: la muerte no tiene ni patrón ni horario. Hay quienes la respetan por diversas razones: independencia, autonomía, hábitat universal y eternidad son fragmentos de su esqueleto. Hay quienes le temen por motivos comprensibles: tras la muerte, ¿qué?; tras el deceso, ¿dónde?; tras el fin, ¿paz o dolor, o dolor y paz?; tras la sepultura, ¿qué hacer con la memoria, la amistad y el amor? Sobran preguntas, faltan respuestas. Así es la vida: se envejece y se fenece sin apenas darse cuenta. No es cuestión de números ni décadas acumuladas. La realidad es más compleja. Se trata del punto final, del no retorno, del adiós sin replica. El libro de la vida se inicia cuando se abandona el útero. A partir de ese momento se acumulan páginas y páginas. Llegan unas, otras vuelan, marcha la vida, llega el final.

Los viejos sabios nunca se extinguen. Quizás por eso mueren menos, quizás por lo mismo nunca callan. Leo y releo la idea de Epicuro: “Cuando somos, la muerte no es. Cuando la muerte es, nosotros no somos”. Epicuro es contundente. No hay dobleces, no hay puntos suspensivos, no hay posibles encuentros entre ser y no estar, ni palabras adecuadas para compaginar “somos” y “no somos”. La vida excluye a la muerte y ésta excluye a la vida. Eso dijo Epicuro hace más de dos mil años, eso lo saben decenas de millones de occisos. Unos mueren para que otros nazcan. La vida no admite puntos suspensivos. Siempre sigue, siempre nos encamina hacia el final.

La reproducción ilimitada, sin la muerte a su lado, es imposible. Todo cuanto nace debe morir. Lo sabe nuestra morada, nuestra casa: la Tierra es un cementerio infinito. En sus entrañas todo cabe y sus códigos son preclaros: lo nuevo, aves, plantas, humanos y agua nace y se reproduce gracias a que lo mismo, pero en sentido inverso –agua, humanos, plantas y aves–, claudica y se marchita conforme corren los días. El corolario es obvio: sin la muerte la vida es imposible. La obviedad del corolario no es absoluta: desde tiempos inmemoriales el ser humano ha intentado desmenuzar y penetrar en las entrañas de la muerte para saber más acerca de ella, de sus significados y de lo que esconde. Miles de páginas se han llenado de palabras para hablar y reflexionar sobre el tema. ¿Qué hacer cuando no se sabe o no se cuenta con las respuestas adecuadas?: escrutar, preguntar, reflexionar. La muerte nunca cederá, pero las palabras desvelarán recovecos. Recovecos profundos e intrincados, como el telar de la existencia.

La ciencia nos ofrece cada vez más respuestas precisas a temas otrora impensables o indescifrables. Sus conquistas imparables no corren en forma paralela con algunos embrollos filosóficos o vivenciales. Amor, amistad, lealtad, compasión, empatía, resiliencia son experiencias cotidianas de las cuales mucho se sabe y otro tanto se desconoce. No son temas científicos, y aunque la ciencia ha medido algunas sustancias relacionadas con esos avatares, faltan respuestas, sobran preguntas. Lo mismo sucede con la muerte. Sabemos todo acerca de ella desde el punto de vista celular, subcelular y molecular pero desconocemos un sinfín de cuestiones filosóficas. De ahí la pulsión inmemorial de acercarse a ella y las razones para arrancarle algunas respuestas, alguna orientación. Mientras la muerte siga muda, el ser humano preguntará y seguirá escribiendo acerca de ella.

Escribir siempre ha sido terapéutico. Desglosar lo desconocido, o al menos intentarlo, es benéfico. Poco importa si tras las palabras iniciales se acumulan más y más dudas. Dudar es privilegio humano. El poder terapéutico del arte y de la escritura radica, inter alia, en fortalecer la existencia mediante la exploración de un sinfín de cuestiones. Se escribe para uno, se trazan palabras para mitigar la neurosis, se escribe para aceptar la realidad y saber cómo y quién es uno. Escribir es un devenir, y cuando se escribe sobre la muerte se hace para entender cómo es la vida. Y cuándo se comprende cuáles son los oficios de la vida y cuándo y por qué finalizan esas tareas, es menos doloroso mudarse a la morada infinita, a la casa de la muerte.