Esta semana, el 11 de febrero, se conmemoró el Día Internacional de las Mujeres y las Niñas en la Ciencia, el cual fue proclamado por la ONU en 2016; la Oficina ONU-Mujeres desarrolla un gran trabajo de sensibilización en todo el planeta para avanzar en los derechos de las mujeres, la igualdad de género y el empoderamiento femenino, a fin de superar los estereotipos discriminatorios hacia nosotras y alcanzar la plena igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres.

Los desequilibrios de género en las ciencias duras son evidentes, sólo hay que examinar cuántas mujeres y cuántos hombres han sido galardonados con los Premios Nobel; hasta 2017, en 844 ocasiones el galardón ha sido otorgado a hombres y 49 veces a mujeres, sólo el 5.8 por ciento para ellas. Llama la atención que en el Nobel de la Paz hayan sido 14 mujeres las premiadas, algo dice este dato.

Desde 1901, el 97 por ciento de los ganadores de Premios Nobel en ciencias duras han sido hombres. Sólo 18 mujeres se han colado en el grupo de 590 nobeles de ciencias (matemáticas, física, medicina, química). En este siglo largo, los hombres se han llevado el 99 por ciento de los Nobel de Física, el 98 por ciento de los de Química y el 94 por ciento de los de Medicina.

La discriminación es sistemática y universal, lo peor es que no se veía como problema; en nuestro País distinguidos científicos-investigadores de la UNAM consideran que hasta ahora las mujeres en la ciencia están subrepresentadas, aunque un doctor en ciencias opina que sólo es cuestión de tiempo para que haya un equilibrio en la brecha de género que ahora existe, muy optimista el señor; aunque según las cifras del Sistema Nacional de Investigadores (SIN), en la UNAM entre 1984 y 2016 había mil 143 (81.9 por ciento) varones investigadores y 253 (18.1 por ciento) mujeres, la brecha todavía es colosal.

Si bien, hay programas y leyes dirigidos a balancear la participación de la mujer en la ciencia, en México éstas son apenas incipientes y no señalan responsabilidades y acciones precisas a todos los actores involucrados ni presupuesto para realizarlas, hay además factores estructurales que requieren de una intervención de política pública transversal.

Un ejemplo de la anterior aseveración es la Ley de Ciencia, Tecnología e Innovación que incluye la perspectiva de género como parte de la política científica, mediante la cual se han impulsado programas, cátedras y proyectos que promueven la incorporación de mujeres en la investigación; la ley propone “incentivar la participación equilibrada y sin discriminación entre mujeres y hombres” e “incentivar la participación de las mujeres en todas las áreas del conocimiento, en particular en las relacionadas a las ciencias y la investigación”. 

Según los especialistas en el tema, las políticas públicas aún son débiles y para las mujeres es más fácil obtener ingresos rápidos vía becas que conseguir trabajo calificado en el área de ciencias, además, persisten las carreras feminizadas en ciencias sociales, paramédicos, humanidades, y biología, por ejemplo, ahí las mujeres representan entre el 36 y el 50 por ciento del total de investigadores. En cambio las ingenierías y ciencias exactas (astronomía, ciencias de la tierra y matemáticas) siguen siendo áreas casi en su totalidad masculinas.

Está probado que conforme se asciende en los niveles de formación y educación disminuye el número de mujeres, y lo mismo pasa con los puestos que involucran toma de decisiones; el famoso “techo de cristal”, metáfora que describe la problemática del crecimiento profesional de las mujeres.

No hay que ser pesimistas, somos las mismas mujeres las que tenemos y podemos revertir la desigualdad en estas áreas y hay redes y organizaciones ocupadas en ello.

Rosa Esther Beltrán Enríquez

Horizonte ciudadano